
Todo fan de AC/DC ha escuchado mil veces la expresión “vida en la carretera”. Pero solo cuando te sumerges en la historia real de la banda entiendes algo fundamental: para AC/DC la carretera no era una imagen poética, era una condición de vida.
No era romanticismo.
No era marketing.
Era el día a día.
Durante los años de Bon Scott, y especialmente en la etapa que desemboca en Let There Be Rock y Highway to Hell, AC/DC vivió en movimiento constante. Kilómetros, aeropuertos, hoteles impersonales, camerinos pequeños, escenarios enormes y la sensación permanente de no estar nunca del todo en casa.
Y aun así —o quizá por eso—, ahí se forjó la identidad de la banda.
La gira como forma de existencia
AC/DC no giraba para promocionar discos. Grababa discos para poder girar. Esa diferencia lo cambia todo. El centro de su universo no era el estudio, sino el escenario y el camino que llevaba hasta él.
Las giras no eran cómodas ni glamurizadas. Eran largas, exigentes y físicamente duras. Cambios de huso horario, noches cortas, equipos que fallaban y agendas que no daban tregua. Cada concierto exigía el mismo nivel de entrega, independientemente del tamaño del recinto.
Para la banda, no había “días menores”. Cada noche contaba.
Hoteles, autobuses y la sensación de estar de paso
Una constante en la vida de AC/DC durante esos años era la temporalidad. Hoteles donde nadie se quedaba más de una noche. Habitaciones que se confundían unas con otras. Autobuses que eran hogar, oficina y refugio al mismo tiempo.
Bon Scott, especialmente, vivía esa realidad con una mezcla de humor y resignación. Sabía que esa vida tenía un precio, pero también entendía que era el peaje necesario para seguir adelante con la banda.
Entre bromas, cervezas y conversaciones nocturnas, se construía una especie de familia itinerante: músicos, técnicos, managers y personal de gira compartiendo un mismo ritmo de vida acelerado.
El cansancio como compañero silencioso
Hay algo que como fans a veces olvidamos: el cansancio acumulado. No el cansancio puntual, sino el que se instala poco a poco y ya no se va. Gira tras gira, país tras país, concierto tras concierto.
AC/DC no hablaba demasiado de ello, pero estaba ahí. Se notaba en los silencios, en los momentos fuera del escenario, en la necesidad de desconectar aunque fuera unos minutos.
Bon Scott, que había llegado al éxito más tarde que otros, era especialmente consciente de ese desgaste. Lo asumía sin dramatizar, pero también sin idealizarlo. La carretera era su vida, sí, pero no dejaba de ser exigente.
La convivencia: risas, roces y lealtad
Vivir de gira implica convivir intensamente. No hay espacio para grandes distancias emocionales. Todo se comparte: alegrías, tensiones, frustraciones y celebraciones.
En AC/DC, esa convivencia estaba marcada por un equilibrio curioso. Malcolm Young ejercía de eje silencioso, manteniendo el orden y el foco. Angus aportaba energía constante, incluso fuera del escenario. Bon era el elemento social, el que conectaba, el que rebajaba tensiones con humor y cercanía.
No era una convivencia perfecta, pero sí honesta. Y eso, en una banda que pasaba más tiempo junta que con sus propias familias, era clave para sobrevivir.
El público como recompensa
Si algo compensaba la dureza de la carretera era el público. Cada noche, la respuesta de la gente justificaba el esfuerzo. Ver cómo miles de personas reaccionaban a los riffs, cantaban las letras y se entregaban sin reservas era el combustible emocional que permitía seguir adelante.
Los fans lo notamos: AC/DC tocaba con la misma intensidad en una ciudad grande que en una más pequeña. No había piloto automático. El directo era un intercambio real de energía.
Ese vínculo explica por qué la banda nunca perdió el contacto con su base de seguidores. La carretera les enseñó a respetar al público porque dependían directamente de él.
La gira de Highway to Hell: el punto máximo de presión
Con Highway to Hell, todo se intensificó. Más fechas, más distancia, más expectativas. La maquinaria creció y con ella las exigencias logísticas. El éxito no alivió la carga; la amplificó.
Para Bon Scott, esta etapa fue una mezcla de satisfacción y agotamiento. Disfrutaba del reconocimiento, de sentir que el esfuerzo de años daba frutos. Pero también empezaba a verbalizar el deseo de parar, aunque fuera brevemente, de encontrar espacios de calma.
No era una renuncia. Era una necesidad humana.
Volver a casa… y saber que es temporal
Cuando la gira permitía un respiro y Bon regresaba a Australia, el contraste era fuerte. Amigos de siempre, lugares conocidos, una sensación de normalidad que duraba poco. Porque la carretera siempre llamaba de nuevo.
Esos regresos no eran despedidas definitivas, sino pausas. La idea era clara: volver a salir, grabar, tocar, seguir. Nadie vivía esos momentos como un final. Todo apuntaba a continuidad.
Visto hoy, esos instantes adquieren una carga emocional distinta. Pero en su contexto eran simplemente parte del ciclo.
La carretera como escuela de vida
Más allá de la música, la carretera fue la gran escuela de AC/DC. Ahí aprendieron:
- a leer al público
- a depurar canciones
- a resistir la presión
- a mantener la identidad
Cada kilómetro reforzaba la idea de que el rock and roll no era una pose, sino un oficio. Uno duro, exigente y profundamente honesto.
Como fans, quizá por eso sentimos una conexión tan fuerte con la banda. Porque sabemos que se lo ganaron todo ahí fuera, noche tras noche.
Un mito construido sin adornos
Cuando hoy se habla de la “vida en la carretera” asociada a AC/DC, no se habla de lujo ni de excesos glamurizados. Se habla de trabajo, constancia y entrega. De una banda que entendió que su lugar estaba en movimiento.
La carretera no fue un eslogan. Fue su hábitat natural.
Conclusión: el camino como identidad
Este artículo se inspira en el contexto histórico y humano recogido en distintas biografías de la banda y, de manera especial, en las memorias publicadas en español por la editorial Global Rhythm bajo el título AC/DC. Hágase el rock and roll (2009), escritas por Murray Engleheart y Arnaud Durieux, con traducción de Jordi Planas.
Desde esa mirada, la vida de gira con AC/DC durante los años de Bon Scott se entiende no como un sacrificio aislado, sino como la base misma de su identidad. La carretera fue su hogar, su escuela y su prueba constante. Y quizá por eso, cuando escuchamos sus canciones hoy, seguimos sintiendo algo auténtico: la huella de una banda que vivió su música de verdad, sin atajos ni artificios.
