Introducción: cuando una canción se convierte en recuerdo

Hay grupos que suenan bien.
Y luego está La Oreja de Van Gogh, que suena a vida.

A primeras veces, a despedidas, a veranos largos, a inviernos que dolieron un poco más de la cuenta. A canciones que no solo se escucharon, sino que se vivieron. Pocas bandas españolas han conseguido algo tan difícil: acompañar emocionalmente a varias generaciones sin perder su identidad, sin desaparecer y sin convertirse en una caricatura de sí mismas.

La historia de La Oreja de Van Gogh no es solo una sucesión de discos y conciertos. Es una historia de amistad, de crecimiento, de cambios inevitables y de canciones que se quedaron para siempre. Esta es la historia completa de una banda que, sin proponérselo, acabó formando parte de la memoria colectiva.

San Sebastián, mediados de los noventa: el origen sin expectativas

Antes de los estadios, de los premios y de las giras internacionales, La Oreja de Van Gogh fue simplemente un grupo de amigos en San Sebastián. Pablo Benegas, Álvaro Fuentes, Xabi San Martín y Haritz Garde ya tocaban juntos antes de encontrar a la voz que terminaría de dar forma al proyecto.

En aquellos primeros momentos, eran una banda de versiones. Tocaban canciones de grupos que admiraban —U2, Pearl Jam, Guns N’ Roses, Nirvana— sin imaginar que algún día otros jóvenes versionarían sus propias canciones. No había una ambición desmedida. Había ilusión, tiempo y muchas horas de ensayo.

Todo cambió cuando Amaia Montero apareció casi por casualidad.

Amaia Montero: una voz que lo cambió todo

Amaia llegó al grupo en 1996, tras una cena entre amigos. Bastó escucharla cantar una vez para que todos coincidieran en lo mismo: esa voz tenía algo especial. No era solo una cuestión técnica. Era una manera de decir las cosas, de transmitir fragilidad, cercanía y verdad.

Con Amaia, el grupo dejó de ser una banda más para empezar a construir algo propio. Incluso el nombre nació de una conversación aparentemente trivial: la historia de Vincent van Gogh y su oreja amputada. Así surgió La Oreja de Van Gogh, un nombre que con el tiempo se volvería imposible de separar de la música española.

Los primeros pasos: concursos, maquetas y perseverancia

Como tantas otras bandas, La Oreja de Van Gogh comenzó tocando puertas. Participaron en el Concurso Pop-Rock Ciudad de San Sebastián, primero sin éxito y luego, en 1997, ganándolo. Aquella victoria fue clave: permitió que sus canciones empezaran a sonar en emisoras locales y que grabaran una primera maqueta.

La historia con las discográficas tiene algo de leyenda: enviaron una sola canción a Sony Music, convencidos de que tenían muchas más. Cuando la compañía preguntó cuántos temas tenían, respondieron que veinticinco. No era verdad… todavía. En apenas dos meses, compusieron las canciones que darían forma a su primer disco.

Ahí comenzó todo.

Dile al sol (1998): el nacimiento de un fenómeno

El 17 de mayo de 1998 salió a la venta Dile al sol, el álbum debut de La Oreja de Van Gogh. Grabado en Madrid y producido por Alejo Stivel, el disco contenía ya muchos de los ingredientes que definirían al grupo: melodías claras, letras directas y una sensibilidad muy reconocible.

Al principio, el éxito no fue inmediato. El primer sencillo no tuvo el impacto esperado. Pero poco a poco, canciones como Soñaré empezaron a abrir camino. El boca a boca hizo el resto.

Lo que nadie imaginaba era que aquel disco acabaría vendiendo más de 800.000 copias, convirtiéndose en uno de los debuts más importantes del pop español. La banda pasó de tocar en salas pequeñas a recorrer España durante casi un año, ofreciendo más de 150 conciertos.

El viaje de Copperpot (2000): cuando todo encaja

Con el segundo disco llegó la confirmación. El viaje de Copperpot no solo consolidó a La Oreja de Van Gogh en España, sino que abrió definitivamente las puertas de Latinoamérica. Grabado en Francia y producido por Nigel Walker, el álbum mostró una banda más segura, más ambiciosa y musicalmente más sólida.

El título nació viendo Los Goonies, pero las canciones hablaban de algo muy real: emociones universales. Cuídate, París, Soledad y, sobre todo, La playa se convirtieron en himnos.

La playa no fue solo una canción de éxito. Fue un punto de inflexión. Inspirada en La Concha, se transformó en una de esas composiciones que trascienden al grupo y pasan a ser parte del imaginario popular.

El salto internacional y la conexión con Latinoamérica

México, Chile, Estados Unidos… La Oreja de Van Gogh comenzó a llenar auditorios al otro lado del Atlántico. Cuídate sonaba en las radios mexicanas y el grupo logró llenar el Auditorio Nacional, algo reservado a muy pocos artistas españoles.

El éxito ya no era local ni circunstancial. Era estructural. El grupo había encontrado un lenguaje emocional que cruzaba fronteras.

Lo que te conté mientras te hacías la dormida (2003): el disco de las canciones eternas

Si hay un disco que muchos consideran el corazón emocional de La Oreja de Van Gogh, es este. Publicado en 2003, Lo que te conté mientras te hacías la dormida contiene algunas de las canciones más importantes de su carrera.

Puedes contar conmigo, 20 de enero, Rosas, Deseos de cosas imposibles… No eran solo éxitos. Eran canciones que parecían escritas para quien las escuchaba.

Este álbum llevó al grupo a lo más alto: giras interminables, premios, discos de diamante y un vínculo con el público que se volvió casi íntimo. En Chile, incluso, lograron la Gaviota de Plata tras una reacción del público que obligó a detener el festival.

El desgaste del éxito y la necesidad de parar

Después de años sin descanso, giras constantes y una exposición mediática enorme, el grupo entró en una fase de agotamiento lógico. El éxito continuado tiene un precio, y La Oreja de Van Gogh empezó a sentirlo.

Aun así, en 2006 celebraron su décimo aniversario con Guapa, un disco que volvió a colocarlos en lo más alto y que les dio un Grammy Latino. Canciones como Muñeca de trapo, Dulce locura o En mi lado del sofá volvieron a sonar en todas partes.

Pero algo estaba cambiando.

2007: la salida de Amaia Montero, un golpe emocional

En noviembre de 2007 llegó la noticia que nadie quería escuchar: Amaia Montero dejaba La Oreja de Van Gogh. Tras once años, la voz que había acompañado a millones de personas iniciaba su carrera en solitario.

La despedida fue respetuosa, dolorosa y honesta. Amaia habló de ilusión y de miedo. El resto del grupo habló de tristeza y de agradecimiento. No hubo rupturas públicas ni reproches. Pero el impacto fue enorme.

Para muchos fans, era el final de una era.La etapa de Leire Martínez no fue un simple “después de”, sino una historia propia dentro del mismo nombre. Su llegada en 2008 abrió un periodo que duró más de década y media, en el que La Oreja de Van Gogh demostró que podía seguir adelante sin renunciar a su esencia emocional. El debut con A las cinco en el Astoria fue un momento clave: no solo por el desafío que suponía presentar una nueva voz ante un público acostumbrado a otra, sino porque el grupo logró reconstruir la confianza con canciones que se quedaron para siempre, como El último vals, Inmortal o Jueves. Con el tiempo, esta etapa fue creciendo hasta convertirse en un universo completo, con giras, discos en directo, proyectos especiales y una presencia constante que mantuvo viva la conexión con España y Latinoamérica. Para muchos fans más jóvenes, Leire fue directamente la voz de su generación, la que les acompañó en sus propios años formativos, igual que Amaia lo había hecho antes para otros. Y aunque en octubre de 2024 se anunció el final de esa etapa, lo que queda es lo esencial: años de canciones, de conciertos y de una continuidad artística que sostuvo el legado del grupo y permitió que La Oreja de Van Gogh siguiera siendo, para tanta gente, una banda sonora personal.

Reinventarse sin borrar el pasado

Lejos de desaparecer, La Oreja de Van Gogh decidió seguir adelante. En 2008 llegó Leire Martínez, una nueva voz que no pretendía sustituir a Amaia, sino iniciar una etapa distinta.

Durante los siguientes años, el grupo demostró que su identidad iba más allá de una sola voz. Canciones como El último vals, Jueves, Inmortal o Cometas por el cielo conectaron con una nueva generación, mientras los fans de siempre seguían acompañando al grupo.

Durante 16 años, Leire fue la voz de La Oreja de Van Gogh, sosteniendo el proyecto con dignidad y personalidad propia.

Un catálogo que no envejece

Hoy, pocas bandas pueden presumir de un catálogo tan reconocible. Las canciones de La Oreja de Van Gogh siguen sonando en radios, en conciertos, en celebraciones y en momentos íntimos.

No dependen de modas. Funcionan porque hablan de emociones que no pasan de moda.

El regreso de Amaia Montero: cerrar el círculo

En octubre de 2025 se confirmó lo que muchos habían esperado durante años: Amaia Montero regresaba a La Oreja de Van Gogh, dieciocho años después de su salida. No como un gesto nostálgico, sino como un reencuentro consciente, maduro y simbólico.

La gira de 2026 no representa una negación de las etapas anteriores, sino una celebración de toda la historia.

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Hay canciones de La Oreja de Van Gogh que no se escuchan “de fondo”: se escuchan con la piel. Y por eso, cuando un disco te ha acompañado en etapas importantes, tenerlo en físico no es capricho, es memoria. Un CD en la estantería o un vinilo con su portada grande es como guardar un pedazo de época: Dile al sol, El viaje de Copperpot, Lo que te conté…, Guapa… Cada uno tiene su momento, su historia, su “yo” de entonces. Si te apetece revivirlo de verdad, aquí lo tienes.

Ver discos y vinilos de La Oreja de Van Gogh

Conclusión: una banda que ya es memoria colectiva

La Oreja de Van Gogh no es solo un grupo de pop rock español. Es una parte de la vida de millones de personas. Sus canciones han crecido con quienes las escucharon y siguen encontrando nuevos oyentes.

Su historia es la prueba de que la música, cuando es honesta, no caduca. Cambia, evoluciona y se reencuentra.

Y mientras haya alguien que escuche Rosas o La playa con un nudo en la garganta, La Oreja de Van Gogh seguirá estando ahí.